viernes, 6 de agosto de 2010

AGOSTO

AGOSTO.
Otro verano de calor asfixiante en el pueblo. Cañitas, para los mocitos, refrescos para los peques y agua, mucha agua para sofocar la sed.
Tinto de verano con hielo para ellas y porroncito de cerveza en las tertulias nocturnas a la puerta, aprovechando la brisilla. Por la noche es cuando se puede vivir.

Estas tertulias son la mejor terapia para el espíritu, pues nos hacen, siempre, recordar los buenos momentos, los no tan buenos ratos y el recuerdo por aquellos que han dejado huella en nuestras vitales existencias.
En las nuestras, en el barrio del barrero, hablamos de cómo trabajábamos, incluso de niños, ayudando, un año a uno, y al otro a otro de los tíos de Bilbao a hacerse la casa del pueblo. Aquí trabajábamos todos, la mayoría de peones; preparando la masa; otro transportando los ladrillos y el carretillo lleno de cemento para que al papa o el tío que eran los “oficiales arbañiles” no les faltara material para levantar tabiques, muros o colocar las ventanas y las puertas.
Otro de los tío, era el encargado de la electricidad y siempre había que contratar (por horas) al verdadero albañil del pueblo o de san Pedro, para que organizara todo aquello o por lo menos, sirviera de coordinador de oficios y por supuesto, era él quien se encargaba de la fontanería, pues las distancias de los desagües, tomas de agua, pues colocar bien el fría y el caliente, era casi, casi, un secreto de los Dioses.

A media mañana, los “torresnos” y el porrón o la bota y el botijo para los peques. Continuábamos dos o tres horas y tocaban fiesta, para los niños, pues los padres por la tarde, seguían la faena. Bueno, que los niños tampoco hacíamos mucho, pero una ayuda es una ayuda.

Otra de las historias que siempre salen a relucir, son las trastadas de chavales, o no tan chavales, que si fuera ahora, nos caería una denuncia por cualquier tipo de delito por lo criminal. ¡Cómo han cambiado las cosas!
Que si lo de ir a por pelotas al juego pelota y saltábamos al patio del cura; Que si lo del fraile dentro de un barril en la puerta de la iglesia; Que si lo del poner los tiestos en la carretera a las vecinas; Que si lo de mover el remolque de la orquesta; Que si lo de la güija en el gallinero de la casa de Rosarito. Un montón de historias que casi todos los años son repetidas por unos y por otros, haciéndonos a veces protagonistas, aunque en realidad fuéramos actores secundarios o figurantes, pero lo importante es hacer permanecer en la memoria de los –pocos- jóvenes que se sientan con nosotros a escuchar estas historias. De esta manera se escribe la historia de los pueblos, los rumores, las famas de unas familias o de otras, los apodos o motes de unas familias y otras. Viejas leyendas e historias de nuestro pueblo y de sus gentes.

Esto creo que no tenga que aconsejarles a ustedes, pues de una manera u otra, siempre se recuerdan estas cosas, pero… anden, confieses, esa trastada o gamberrada casi de película, cuéntenla a sus hijos o nietos. Cuando alguno de los amiguitos, en la plaza o en el paseo a los cuatro árboles o al convento cuente la misma, por ejemplo la de la güija en el gallinero de la casa de Rosarito, se generará la disputa de:
- Fue mi padre.
- No, que el mío me ha dicho que fue él.
Y en realidad, quien movía el vaso sobre la tabla fue… una mujer.

Así es, cuenten, cuenten, sorpréndales para que saquen pecho y no crean que su padre o su abuelo hayan sido tan buenos como parece.

¡Feliz verano! Y por favor, cuidado con la carretera.

Moisés Busnadiego.

MODERNICES

Ya estamos en el décimo año del XXI o del siglo 21.
Y cómo han cambiado las cosas en menos de treinta años.

La tele en alta definición, sonido “surrun”, pantallas planas y otras novedades; Cuando tan solo hace 45 años, había una o dos televisiones en el pueblo. Actualmente se puede interactuar -vaya palabreja- con la tele, configurando los contenidos a nuestro antojo. Íbamos al teleclub o al bar a ver los programas de la primera y de la del UHF, la segunda cadena. La radio era nuestra mejor amiga, reuniendo alrededor de la mesa a muchos oyentes.

El agua que hoy consideramos un bien obligado, hace 35 años, ni muchas de las casas de los ricos contaban con este vital líquido. Había que ir a buscar el agua al caño, cántaros de barro hacían de depósitos, y cada día a buscarla. ¡Ay, el wáter! Y la tabla. Ahora, le das a un grifo y ¡zas!, ahí la tienes, limpia, transparente… Con la luz, casi parecido; dos o tres bombillas y un par de enchufes, con un transformador para el frigorífico o un estabilizador para la radio. Hoy, no sabríamos vivir sin un enchufe para cada cachivache que tenemos en la casa.

Pero lo que más nos ha cambiado la vida son el teléfono y el ordenador, pues con estos dos aparatos tenemos acceso a todas las comodidades (¿seguro?) del mundo.
El teléfono, los primeros que fueron domésticos, eran los de góndola, y ya aquello de que tuvieran teclas en vez del aro de marcar era de potentados; cuando hasta hacía unos años tan solo, teníamos que ir donde la Señora Bibiana que nos daba línea para hablar con los papas o con los tíos de Bilbao, cuando estábamos de vacaciones.
 Un momento que le paso.
Y sonaba en el portalón aquello de poner una trompeta en la oreja y con otra trompeta en una caja, debíamos hablar.
Ahora, le llevamos en el bolso, cada segundo de nuestra vida y los más jóvenes sufren porque se les ha ido tres minutos la cobertura o porque no tienen la mejor tarifa de: “llama todo el fin de semana gratis a cualquier operador”

El ordenador, me permite leer libros, escuchar música, comprar, estudiar, hablar con mi primo el de Ermua, ver videos.
Pero lo que más me gusta es lo del correo electrónico y el “mesenyer” o el “eskipe” que es para llamar por teléfono desde el portátil. ¡A cualquier lugar del mundo! Y que puedas ver con quien hablas, eso ya es la pera limonera.
Dile a tu abuelo, cuantas cartas escribió a la novia cuando estaba en la mili. Comenta con tu abuela, cuantas llamadas de teléfono recibió cuando “hablaba” con tu abuelo.

Está bien evolucionar, pero no nos hagamos dependientes de las tecnologías y recordemos lo romántico de lo antiguo. Qué os parece si en el próximo cumpleaños de un familiar, le felicitamos por carta manuscrita. ¿Y si estas vacaciones enviamos una postal desde la playa a todos nuestros amigos o familiares?

Moisés Busnadiego.